Para llegar a la Sala Tempo Club hay que callejear por calles de aceras estrechas si vienes desde Noviciado, o hay que subir escaleras si vienes desde Plaza de España. Y aunque la tarde esté predispuesta a la alegría de los últimos días de primavera y el clima el idóneo para practicar el libre albedrío, hay que aportar un cierto esfuerzo, ya sea callejando sin perderse o subiendo escaleras sin perder el aliento, para llegar a la Sala Tempo Club. Luego hay que bajar escaleras y abrir un par de puertas para llegar hasta el escenario. Es en resúmen trabajoso llegar hasta al escenario de la Sala Tempo; aunque a la vez es una sala amable, con buen sonido y que ofrece una comodidad digna para estar a gusto entre el acodarse en la barra o el bailar, ¡o saltar!, delante del escenario. En definitiva requiere un esfuerzo llegar a la Sala Tempo… Pero merece la pena.
Para llegar a la música de Alberto Ballesteros, que es indudablemente amable en su ofrecimiento y cómoda para elegir entre acordarse en las letras o bailar, ¡y corear y saltar!, frente a muchas de sus canciones, también hay que poner un cierto esfuerzo. También hay escaleras, calles con aceras estrechas y coches mal aparcados, puertas que abrir y cerrar, y por supuesto parques amplios que guardan los recovecos del recorrido, que nos llevan a la música de Alberto Ballesteros. Es trabajoso llegar a la música de Alberto Ballesteros, más que nada por la condena a lo underground que le otorga la escena musical con sus dientes sucios de dinosaurio, sus tuercas oxidadas de industria abandonada con los cristales rotos, sus algoritmos y sus chisteras de mago con un conejo muerto en su interior. Pero merece la pena el esfuerzo para llegar a la música y a los conciertos de Alberto Ballesteros.

El 5 de junio en la Sala Tempo Alberto Ballesteros ofreció un concierto lleno de energía, momentos emocionantes y diversión. Porque Alberto sabe divertir con sus shows (con las canciones que los conforman) de rock de autor, y hace que la gente baile, salte, cante, coree y a la vez reciban unas letras que tienen que ver con una forma de decir las cosas, de contar historias, que sin ser poesía huele a poesía, sabe a poesía y tiene forma de poesía. El formato elegido para la noche -trío con Alberto a guitarra y voz, Ángel Calvo al bajo y Dani Campillo a la batería- es un bombazo musical y un huracan sobre el escenario. Saben tocar y hacer ruido cuando hay que hacerlo, como por ejemplo al arrancar el concierto, y dar paso a momentos más íntimos cuando el repertorio pide fluctuar entre la intensidad y la emocionalidad. Hubo, em ese repertorio, tiempo para grandes éxitos (Caprichos de la bohemía, No nos van a reconocer, Tu ventana, Charcos de barro), para canciones del último LP publicado La fiesta en paz (No sé hacer otra cosa, Mañana será otro día, La fiesta de paz, Una película a medias, Mal vamos, Artista sin obra), para los últimos singles publicados (Hacemos lo que podemos, No es normal), para el próximo single que saldrá tras el verano (Si veo que me animo voy), para estrenar la última canción escrita y para una versión de la cantautora Bebe (Siempre me quedará). Y por supuesto hubo espacio para las colaboraciones: impresionante  Andrea Lafuente cantando Hacemos lo que podemos, espectacular y magnética Patricia Lázaro en Una película a medias y reverentemente irreverente Manu Clavijo en Caprichos de la bohemia.

Cuando se acaban los conciertos en la Sala Tempo Club abren la sala de arriba para poder disfrutar de la noche, ¡y la vida!, en un espacio amplio con cristaleras por las que mirar la calle apacible y el parque que aguarda a la ciudad, con sofás cómodos, sillas altas predispuestas a la conversación y rincones proclives a los secretos y sus etcéteras. Sí, hay que abrir y cerrar puertas y subir escaleras para llegar a esa sala. Y cuando se acaban los conciertos de Alberto Ballesteros cualquier lugar es bueno, y amplio, para comentar los mejores momentos del bolo, encontrarse con amigos y abrazarse, ocupar las sillas y las palabras, y dejarse caer por los rincones oscuros que iluminan la noche. Cuando acaban los conciertos de Alberto Ballesteros cualquier lugar es bueno porque el mundo se convierte en un parque apacible que sujeta la ciudad y aguarda a que llegue el próximo concierto.

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